-Buenos Días, perdona la interrupción- dijo aquel extranjero cuando se acercó a mí, en un tono casi aterciopelado, su voz de por sí era seductora, como un caballero antiguo de esos que he leído en los libros que mis padres traían del extranjero. –Podrías decirme cómo llego a la calle Hanamachi?- preguntó, y ese fue el golpe final: Buscaba exactamente la calle donde yo vivía.
-Sí- le dije, casi sin aliento por esforzarme en hablar bien el poco Inglés al que le prestaba atención a la maestra. –Es por este camino-, le dije señalándole hacia la derecha de donde nos encontrábamos; y con un agradecimiento en un idioma incomprensible para mí, una reverencia y una pequeña vuelta de su cabello, se marchó, se marchó en dirección a un lugar en el que, posiblemente, le encontraré de nuevo.
Traté de quitármelo de la cabeza después de llegar, finalmente, a mi segundo hogar: La casa de mi amigo, Saitsuki Yuu; que, por casualidad, era la tienda donde compro mi merienda preferida. Con Yuu nos conocemos desde que teníamos 5 años, porque él antes era de Nagasaki, pero sus abuelos tuvieron que mudarse a causa del conflicto de la Segunda Guerra; junto con mis padres. Y, de hecho, nos conocemos tan bien como si fuésemos dos mellizos separados al nacer; desde lo que pensamos, nuestros gustos y disgustos; hasta, y aunque me dé un poco de vergüenza decirlo, desnudos.
-Bienvenido, Itake; ya hacía tiempo no se te veía por aquí-, me dijo Yuu en un tono…Casi sarcástico. Era extraño que él estuviera atendiendo, de hecho sólo lo hacía o cuando estaba solo, o cuando uno de sus padres estaba fuera o resfriado; y de hecho, esta vez era su madre la que estaba fuera.
-Hola Yuu, ¿de verdad crees que es mucho tiempo?-, le respondí en un tono igualmente sarcástico.
-Sí, dos horas sin verte es casi como si te secuestren…-, Me dijo riéndose entre dientes. – ¿Te sirvo lo de siempre, no?-, me preguntó después, aún riéndose. –Dame un Shiruko de lo más negro que tengan-, le respondí como si fuera algo casi nuevo para él, pero no funcionó muy bien.
Pasaron unos cuantos minutos de conversación con Yuu, tratando de sacarme de la cabeza ese acontecimiento del hombre extranjero. Estuvimos hablando sobre mis padres, el violín, y, finalmente, lo nuevo de la ciudad…Cuando llegó a ese, le escupí e poco de Shiruko que aún me quedaba en la boca (y en el plato) en la cara.
-Veo que no te gustó ese tema, a ver, cuéntame ¿¿¿Qué Viste???- Me dijo, como si supiera exactamente lo que pensaba en ese momento. Sí, pensaba en aquel caballero extranjero otra vez. Ni con mi merienda favorita pude quitármelo de la cabeza, y no quería que supiera de eso, así que le inventé algo.
-Emmm…..Bueno…Esteee….Ah, sí, un poeta sentado en el parque de Mikyozan recitando versos con su Shamisen…- Se me daba muy mal mentir, pero habían veces en que él me creía hasta la última palabra, y fue esa exactamente la que no creyó.
- ¿Seguro?-, me dijo apenas dije la última palabra. Yo en medio del susto agradecí la comida y me fui sin más que decir.
Caminé lo más rápido posible hacia mi casa, porque se me había olvidado la sombrilla en la tienda de Yuu, tratando de evadir un poco los pensamientos y las preguntas alrededor de mi cabeza; y cuando finalmente llegué, abrí la reja que separa mi casa de la calle; abrí la puerta como de costumbre, y noté que la chimenea, rara vez encendida en estas horas, tenía sobre sus leñas el fuego danzante que hace que tu alma enternezca y te vuelva melancólico….Lo sé, demasiado lírico…Los leños estaban encendidos. Y en el sillón favorito de mi padre –y mío cuando él no me miraba-, había una persona sentada. Con el mayor de los silencios traté de caminar hacia esa sombra que se proyectaba por el fuego, cuando descubro un cabello de un tono platinado danzando sobre la cabeza de la sombra, como si se fuera a voltear. Y ahí le veo otra vez. El mismo chico del parque. Ya era mucha coincidencia que buscara mi calle, pero ¿en mi casa?
-¡¿Qué hace aquí?! – Le reclamé. Él sonrió entre dientes como un asesino en serie se ríe antes de matar.
- Ah, eres tú. Perdona mi intromisión -, me dijo con un tono bastante cínico –Me pasaba por aquí, de visita a los amigos de mi padre, Akihabara Sou y Satoru, ¿los conoces?-. Qué curioso que viniera a ver a mis padres, pero le seguí el juego.
-Son mis padres.-, le dije, y él con un rostro sorprendido se puso de pie y me besó la mano.
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